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El juego por la vida

Rusia es la sede del mayor espectáculo de fútbol. Un mundial emociona incluso a quiénes no tenemos selecciones participando. El fútbol nos hace sentir que tenemos algo en común, aun cuando le vamos a equipos diferentes. El terreno de juego es capaz de ocultar las grandes diferencias entre dos países. En el duelo de Argentina contra Islandia, el favorito en el fútbol era Argentina. Pero empataron, a pesar de que el equipo sudamericano tiene al mejor jugador de la historia –bueno, quizá es lo único que tienen-. Así es el fútbol.

Sin embargo, si el partido fuera para ver, por ejemplo, quién tiene menor brecha de género -diferencia entre mujeres y hombres que se refleja en los logros o actitudes sociales, políticos, intelectuales, culturales o económicos- Islandia ganaría por goleada y ahí sí no hay manera de que Argentina pudiera, siquiera, empatar. El fútbol tiene esas cosas. A veces nos hace mostrar que en la cancha los mejores países son quienes distan de serlo fuera de ella.

En El Salvador, la mayoría está siguiendo el mundial. Lo hace el niño que trabaja y sueña con ser un futbolista, como la utopía de tener esperanza en un país donde no la tiene. Lo hace la familia que prefiere gritar un gol, que clamar por el susto de un disparo que acaba de escuchar cerca de su casa –me pasó mientras jugaba Brasil versus Suiza-. Pero en El Salvador, en pleno mundial, sabemos que nos estamos jugando mucho. Sí mucho más que un mundial. Está en juego nada más y nada menos que la administración del agua. Hemos revivido un clásico de la política: lo público vs. lo privado.

Rusia es la sede del mayor espectáculo de fútbol. Un mundial emociona incluso a quiénes no tenemos selecciones participando. El fútbol nos hace sentir que tenemos algo en común, aun cuando le vamos a equipos diferentes. El terreno de juego es capaz de ocultar las grandes diferencias entre dos países. En el duelo de Argentina contra Islandia, el favorito en el fútbol era Argentina. Pero empataron, a pesar de que el equipo sudamericano tiene al mejor jugador de la historia –bueno, quizá es lo único que tienen-. Así es el fútbol.

Sin embargo, si el partido fuera para ver, por ejemplo, quién tiene menor brecha de género -diferencia entre mujeres y hombres que se refleja en los logros o actitudes sociales, políticos, intelectuales, culturales o económicos- Islandia ganaría por goleada y ahí sí no hay manera de que Argentina pudiera, siquiera, empatar. El fútbol tiene esas cosas. A veces nos hace mostrar que en la cancha los mejores países son quienes distan de serlo fuera de ella.

En El Salvador, la mayoría está siguiendo el mundial. Lo hace el niño que trabaja y sueña con ser un futbolista, como la utopía de tener esperanza en un país donde no la tiene. Lo hace la familia que prefiere gritar un gol, que clamar por el susto de un disparo que acaba de escuchar cerca de su casa –me pasó mientras jugaba Brasil versus Suiza-. Pero en El Salvador, en pleno mundial, sabemos que nos estamos jugando mucho. Sí mucho más que un mundial. Está en juego nada más y nada menos que la administración del agua. Hemos revivido un clásico de la política: lo público vs. lo privado.

Esta columna fue publicada el 23 de junio de 2018 en el diario El Mundo de El Salvador